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Fábula de Esopo: El labrador y sus hijos
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El labrador y sus hijos
Érase una vez un viejo granjero que tenía tres hijos. Amaba profundamente su granja y había trabajado en ella con ahínco toda su vida. Un día, ya anciano y cansado, llamó a sus hijos a su lecho. «Mis queridos hijos», les dijo con dulzura, «no estaré aquí mucho tiempo más. Pero escuchen con atención: hay un tesoro escondido en algún lugar de nuestros campos. No sé exactamente dónde está, pero les prometo que está ahí. Si buscan con cuidado y trabajan duro, lo encontrarán. Jamás vendan la granja. Que permanezca en la familia».
Poco después, el viejo granjero falleció. Los hijos recordaron sus palabras y se emocionaron mucho con el tesoro. Tomaron sus palas y comenzaron a cavar por toda la granja. Cavaron cerca de los árboles, debajo de los arbustos e incluso en el huerto. Removieron cada palmo de tierra, buscando oro o joyas. Pero no encontraron ningún tesoro.
Aun así, habían trabajado tan duro que la tierra estaba blanda y lista para sembrar. Así que sembraron semillas, muchísimas. Regaron las plantas, arrancaron las malas hierbas y cuidaron todo con esmero. Cuando llegó la cosecha, ¡los cultivos fueron más abundantes y mejores que nunca! Vendieron sus frutas y verduras en el mercado y ganaron más dinero que cualquier otro agricultor de la zona. Entonces sonrieron y dijeron: «¡Ahora lo entendemos! El tesoro no era oro, ¡era la recompensa de nuestro arduo trabajo!».
El trabajo duro es un tesoro en sí mismo.

